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MATRIMONIO POR CONVENIENCIA


En días pasados la prensa nacional publicó la noticia sobre la negativa de la Sala IV de anular los matrimonios por conveniencias que aparentemente se estaban suscitando por razones migratorias.

Ahora que se acerca el día de los enamorados, es digno de pensar que antes que se anulen tales vínculos, primero o al mismo tiempo, deberían prohibirse todos los matrimonios por conveniencia donde lo prima es el beneficio a ultranza y no el amor: Aquellos que se casan por dinero, por interés, los que se unen por status social, los que dicen sí en el sacro altar por el mezquino interés de mejorar sus condiciones materiales, y no por un ligamen emocional. Y es que desdichadamente, a la hora de tomar la decisión marital, esas siguen siendo fuertes razones para muchos.

Todavía persiste en nuestra cultura occidental, el legado medieval en la cual a las niñas se les inculca la idea de que un "buen hombre" es el que tiene plata; ya sea porque estudió, porque tiene un negocio, o porque la heredó. A los varones desde pequeños se les instruye que una buena esposa es aquella que tiene una buena figura y no aquella con la que siento compatibilidad, metas en común y sueños compartidos. Los aires globalizados y capitalistas han calado muy hondo en algunos segmentos de nuestra cultura haciéndoles creer que el matrimonio puede ser un negocio rentable. Hoy ya no se escoge a la pareja adecuada, sino a una familia adinerada. Hoy que se habla de matrimonios por conveniencia, no cabe duda que esos son los primeros que se deben prohibir.

Siguiendo esa línea de coherencia, también debería ser ilegal oponerse al amor, asumir como tragedia familiar que mi hijo se case con una pareja cualquiera, es decir con esas gentes que andan por ahí sin pedigree reconocible y ante lo cual como padre haré mil y una pirueta para impedir que ese vínculo se formalice.

Y porqué no, piensa uno, también deberían prohibirse los amigos por interés, esos que cambian sus lealtades al mejor postor; las escuelas por conveniencia, donde se les permite a los estudiantes tanta fechoría porque son los hijos de tal; los premios por conveniencia, donde se galardona no al que lo merece sino al que me conviene y hasta los candidatos por conveniencia, que no defienden los intereses del pueblo, sino los de su élite. Mejor ese último no, porque se acabarían muchas democracias.

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