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¡Ah, ésta juventud¡Todas las generaciones se quejan de los jóvenes, los escritos griegos y romanos dan constancia de tal pesar y ese es el común denominador de prácticamente todas las civilizaciones. Hoy, en Costa Rica, la queja es generalizada. Los jóvenes están en la mira social por asumir una serie de conductas sumamente riesgosas, manejan borrachos, consumen drogas, sucumben a las modas, asumen altos riesgos de contagio venéreo, son cada vez más sedentarios y hacen poco ejercicio. Todas estas quejas son reales, no esconden una hostilidad ante el joven, sino que más bien hablan del caos en que se desenvuelven los jóvenes actualmente. Sin embargo, tenemos que entender que los jóvenes no crearon esta sociedad. Cada riesgo, cada ambiente, cada ratonera en la que se meten, ha sido creado por nosotros los adultos, los cuales, sin ningún reparo y en el nombre del dinero, hemos llegado a la inescrupulosa osadía de lucrar con un grupo social tan vulnerable como los adolescentes. Tal vez cuando hablamos de adolescentes, se piense que nos referimos a los menores de dieciocho años. Eso es falso. La mayoría de edad se ha otorgado en nuestros países por razones políticas pero no por razones científicas. Hoy sabemos que esos recién mayores de edad, son jóvenes y lo seguirán siendo por dos o tres años aun cuando legalmente ya sean responsables de sus actos y aun cuando sean libres para hacer lo que les plazca con su vida. Hoy los jóvenes de nuestra cultura occidental son amamantados con licor, la cerveza y todos sus equivalentes etílicos, que han inundado el paladar de los adolescentes. Los colegios suelen ser cómplices complacientes, a las autoridades no les inquieta, los comerciantes cuentan sus monedas, mientras muchas familias observan como el proyecto de vida de su joven es esfuma en un instante. La bonanza económica que han vivido nuestras sociedades ha provocado que ya muchos adolescentes no solo manejen sino que tienen su propio carro, el cual, como es de esperar, no lo usan para transportarse sino para jugar, -pues son jóvenes- y entre piques y aceleraciones a diario acarician los brazos de la muerte y nutren las estadísticas de mortalidad. Desde luego, esto es particularmente cierto y particularmente doloroso cuando observamos que con frecuencia se combina el licor y el volante. Las drogas son el verdadero pulpo social. Están en cada esquina, en cada parque, en cada centro educativo, se expande por el continente, creando una adicción que le arranca a los jóvenes su futuro y los convierte en esclavos permanentes, perdiendo todo el sentido de la vida, la dulzura del amor, el deleite del esfuerzo, la satisfacción del progreso y hasta el sentido de pertenencia familiar. En este contexto, con frecuencia la sexualidad se divorcia del amor. Se experimenta cuanta pirueta se aprende en Internet, se opta por lo estrambótico, lo raro, lo inusual, aun cuando no sepa tan siquiera el ABC de la sexualidad y aun cuando el amor sea el gran ausente. Es de entender porque las estadísticas siguen señalando a los jóvenes como el grupo más vulnerable a las enfermedades venéreas y porque año a año contamos en mas de quince mil nuestras adolescentes embarazadas. Ahora bien, los adultos no solo somos los responsables de haber creado este ambiente, este medio social lleno de peligros, esta caótica sociedad llena de vandalismos y peligros, sino que también hemos servido de ejemplo a nuestros jóvenes. En realidad nuestros jóvenes simplemente nos tomaron el relevo, aprendieron lo que vieron, y como todo parvo quisieron llegar a ser como los mayores. Todas esas conductas que muchos les critican, en realidad, son las conductas características de la población adulta. ¡Ah juventud ésta!, ¿porqué se parecerá tanto a nosotros? Rehaced moldes exclamaba |
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