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LEGADO FATAL

Con frecuencia escuchamos, en el ambiente popular, quejas en torno a la decadencia de la juventud. Para muchos, los jóvenes han perdido los valores y sus conductas tienden a ser alienadas y erráticas.

Aún cuando consideramos que probablemente buena parte de estos comentarios son ciertos, hay que ser claros que la verdad es algo más grande. El verdadero problema de los jóvenes de nuestra cultura es que se parecen a los adultos de nuestra cultura.

Cuando los adultos se quejan de que los jóvenes fuman y consumen licor, hay que recordarles que los adultos también, y que son éstos, con el ejemplo, con la permisividad y con la omisión, quienes propician estos vicios en el adolescente.

De igual manera, es común escuchar que nuestros jóvenes son un auténtico atentado al volante, obviando que este es el común denominador de la conducta automovilística de los adultos, y que diariamente hay una muerte por accidentes de tránsito.

En el área sexual, el asunto cursa por el mismo camino. Los jóvenes tienen una vida sexual riesgosa y desordenada, bastante similar a la conducta sexual de los adultos, situación que explica la alta incidencia de embarazos no deseados y enfermedades de transmisión sexual en nuestro país.

Con las drogas mayores, las cifras son imprecisas, pero algunas estimaciones revelan que es un verdadero problema, tanto en los jóvenes como en los adultos.

El sedentarismo y las dietas ricas en grasa son una auténtica plaga, que ataca por igual a adultos y jóvenes, con consecuencias tan funestas, como el infarto o los derrames, que figuran entre las primeras causas de muerte a nivel nacional.

Decían los griegos "rehaced los moldes". Estas similitudes entre adultos y jóvenes no son casuales, sino más bien, causales; los jóvenes asumen los patrones de vida del adulto y prolongan una tradición que atenta contra la calidad de vida.

Quizás esta sea la razón del poco éxito que muestran los programas dirigidos al adolescente; probablemente serían mas efectivos si partieran de la premisa que el problema en sí son los propios adultos, y consecuentemente deberían crearse programas dirigidos a toda la población.

Es fácil hablar mal de los jóvenes, es fácil diseñar programas estériles destinados a cambiarlos, pero lo realmente útil es difícil, que es entender que son los adultos los que deben dar el primer paso, provocando un cambio en su conducta, que rompa con este legado que marchita y destroza las nuevas generaciones.

 

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