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Seis factores de parejas exitosas
2. Esos impulsos destructivos

El manejo de los impulsos

Un pobre control de impulsos usualmente lleva a situaciones sumamente complejas dentro de la pareja, que pueden comprometer la estabilidad de la misma e incluso traer problemas de otra índole, sumamente serias, cuando se llega a implicaciones legales. El pobre control de impulsos explica las situaciones de violencia, cambios violentos de humor, reacciones sobredimensionadas ante una situación, gritos, golpes, maltratos, etc, que no se solventan con solo pedir perdón e intentar de nuevo. Parte de nuestra madurez de la pareja es manejar los impulsos de la forma adecuada.


 

El manejo de la adversidad y el control de impulsos es uno de los aspectos que más pesa en el pronóstico de la vida marital. Sin lugar a dudas, las parejas estables y felices enfrentan las adversidades de manera constructiva y producente. 

 

Por el contrario, el pronóstico es reservado en aquellas parejas que, ante cualquier diferendo, desatan conflictos y enfrentamientos. Desdichadamente, muchas de esas agresiones son vistas como simples pleitos de pareja, como parte de la normalidad de la vida en común, cuando en realidad, son el caldo de cultivo de la infelicidad marital.

 

Aun cuando esas parejas se separan fácilmente, sobre todo cuando los conflictos son mayúsculos, también fácilmente se reconcilian y al cabo de unos días vuelven a cohabitar. Es solo cuestión de tiempo para que surja nuevamente el vínculo violento. Es claro que las adversidades son parte de la vida y de la vida marital y es menester de las parejas sobrellevarlas sin caer en el conflicto ni recurrir a la violencia.

 

En muchos de estos casos, el problema no reside en el amor como tal. Es decir, la violencia surge aun en parejas que se profesan mucho cariño, en parejas que se quieren y que se necesitan, pero en las que uno o ambos –debido a una inmadurez extrema- no saben manejar los impulsos.

 

Son parejas que la mayor parte del tiempo la pasan bien, pero ante ciertas frustraciones se genera un impulso violento que, a punta de gritos, ofensas, hostilidades y sermones interrumpe esa estabilidad que se venía consiguiendo.

 

Es común que ambos se arrepientan por lo sucedido y que, ante la separación, se percaten del amor que se profesan. Sin embargo, ese arrepentimiento no les alcanza para evitar futuros encontronazos, que al final van llenando de dolor y sufrimiento la vida marital.

 

Siempre se ha dicho que esas parejas no se aman o tal vez que no saben amar. Aun y cuando eso sea cierto, el verdadero problema reside en el manejo de la adversidad y en el mal control de impulsos.

 

Por eso, el punto no es cuestionarse el amor, la solución más bien debe ir enfocada a que se aprendan formas nobles de resolver las diferencias y que se entienda que la violencia es estéril porque no resuelve nada.

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